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El viejo sueño de Ariel Sharon se está
convirtiendo en realidad: palestinos matando palestinos, e Israel contando el
número de víctimas con gran satisfacción. Las lágrimas de los líderes de Israel
son lágrimas de cocodrilo, y sus declaraciones afirmando que sienten los
trágicos acontecimientos en Gaza, son mera hipocresía. Las sangrantes
confrontaciones eran previsibles, y la responsabilidad e implicación activa de
EE UU e Israel es más clara que el agua.
Para muchos periodistas israelíes que
están analizando la situación la responsabilidad de Israel es solo indirecta:
“1,4 millones de personas encerradas en un pequeño territorio como Gaza, sin
ningún posibilidad de tener una vida económica normal, pero también sin la posibilidad
de escapar, están condenadss a matarse unas a otras… como ratones encerrados en
una jaula.” Esta explicación zoológica no es solo típicamente
racista. También se queda muy corta respeto al papel de EE UU e Israel en los
presentes enfrentamientos, que va más allá del hecho de “crear las condiciones”
para un conflicto interpalestino.
Durante meses, el Departamento de Estado de EE UU ha estado
empujando a la dirección de Fatah a lanzar una
ofensiva militar contra Hamás y, dos semanas atrás, Israel dio luz verde para entrar en Gaza una
enorme cantidad de armas para las milicias de Fatah.
En este sentido, el papel de Israel en la situación actual no es solo una
conjetura, sino que juega un papel bien activo.
Quien es el agresor?
“Hamás
está tomando el poder”, “Un golpe de Estado de
Hamás”: estos son algunos de los titulares de
los diarios israelíes de estos últimos días, repitiendo las grandes mentiras de
las administraciones de Tel Aviv y Washington.
Parece que es necesario aclarar lo que
debería ser obvio: Hamás hizo trizas a Fatah en las últimas elecciones palestinas, después
de un proceso electoral que la comunidad internacional entera, incluyendo
Washington, aclamó como “las elecciones más democráticas que nunca había habido
en el Próximo Oriente”. Un incuestionable proceso democrático y con un masivo
apoyo popular, como pocos regímenes pueden
hacer gala de ello.
A pesar de su enorme victoria, Hamás aceptó compartir el poder con Fatah en un gobierno de unidad nacional auspiciado
por Arabia Saudí y Egipto, y aclamado por toda
la comunidad internacional, con la excepción de Washington e Israel. El
programa político del nuevo gobierno dio el reconocimiento de facto del Estado de Israel y
aprobaba la estrategia de las negociaciones de paz, basado en el mecanismo de
Oslo.
La prioridad del nuevo gobierno era
afrontar las cuestiones domésticas más candentes —mejora económica,
restauración de la ley y la orden en Gaza, combatiendo la endémica corrupción
de la vieja administración encabezada por Fatah—
permitiendo mientras tanto que el Presidente Mahmoud
Abbas y la OLP
continuasen el proceso de negociación, siempre y cuando Israel hubiese aceptado
reemprenderlo.
El moderado programa de gobierno de Hamás, no obstante, debía hacer frente a dos
poderosos enemigos: un segmento de los cuadros de Fatah
los cuales no estaban preparados para renunciar a su monopolio del poder
político, así como a los privilegios materiales conectados a este monopolio; y
a los gobiernos neoconservadores de EE UU e Israel, los cual están conduciendo
una cruzada global contra el islam político.
Mohamed Dahlan,
el antiguo jefe de Seguridad Preventiva y actual asesor de Seguridad de Mahmoud Abbas, juntamente con este representan los
dos enemigos. Por un lado son los
ejecutores de los planes de Washington en el liderazgo
palestino, y por otro representan los dirigentes corruptos de Fatah, los mismos que están dispuestos a hacer lo
que sea para no perder sus fuentes económicas.
Desde la victoria electoral de Hamás, la milicia
de Dahlan ha estado
provocando al gobierno, atacando las milicias de Hamás
y negándose a dejar al gobierno el control de las fuerzas policiales
palestinas. A pesar de las agresiones de Dahlan, Hamás ha estado haciendo todo lo posible para llegar a un
acuerdo, pidiendo a sus propios activistas abstenerse de responder con
violencia. No obstante, cuando quedó claro que Dahlan
no estaba buscando un compromiso, sino que ciertamente estaba intentando
liquidar Hamás, la organización islámica no
tuvo otra alternativa que defenderse y contraatacar.
El modelo Argelino
El plan de EE UU e Israel es parte de una
estrategia global que aspira a imponer gobiernos que sean leales a sus
intereses, contra la voluntad de las poblaciones locales. Argelia proporciona
un ejemplo de esta estrategia, pero también de su fracaso y de su colosal coste
humano: la incuestionable victoria del FIS (Frente Islámica de Salvación) sobre
el corrupto y desacreditado FLN, el 1991, fue
seguida de un golpe de estado, con el apoyo de
Francia y de EE UU, los cuales prepararon el camino para una guerra civil que se
alargó más de una década y que provocó más de cien mil víctimas civiles.
Hamás claramente ha aprendido de la tragedia Argelina,
y ha decidido hacer fracasar los planes de Dahlan
de intentar sacarle del poder por la fuerza. Gozando
del apoyo de la mayoría de la población local, los militantes de Hamás hicieron trizas a Fatah
en menos de dos días, a pesar de las armas
proporcionadas, indirectamente, por Israel: una milicia corrupta sin ningún
apoyo popular no podía hacer frente a una relativamente disciplinada y
sumamente motivada organización.
Incluso después de esta victoria sobre Fatah, la dirección de Hamás
ha reiterado la intención de mantener el gobierno de unidad nacional y de no
explotar el fracasado golpe de estado de Fatah como pretexto para erradicar
la organización o excluirla del gobierno. La dirección de Fatah, aún así, decide cortar cualquier tipo de
relación con Hamás, y establece un gobierno
sin Hamás… en Cisjordania. Otro sueño de Ariel
Sharon se está haciendo realidad: la total separación entre Cisjordania y Gaza,
que más tarde será considerada un insalvable “Hamastan”,
una entidad terrorista en la que no hay civiles, sino solo terroristas, la cual
puede quedar
en un estado de asedio total, y condenada al
hambre.
Washington, que aprueba totalmente esta
política, promete pleno apoyo a Mahmoud Abbas
y a su nuevo Bantustan en Cisjordania, y Ehud Olmert decide
liberar algunos de los dineros palestinos que están en manos del gobierno de
Israel.
No una guerra civil
No obstante, uno de los objetivos de la
administración de EE UU e Israel ha fracasado; no hay caos en Gaza. Bien al
contrario. Tal como ha dicho un oficial de seguridad al Haaretz (17 de junio): “Durante
mucho tiempo esta ciudad no había estado tranquila. Yo prefiero
la actual situación que la que había anteriormente. Yo puedo, finalmente, salir
fuera de mi casa…”.
La erradicación de las bandas de Fatah de Gaza puede
poner fin a un largo período de anarquía, y permitir el retorno a una cierta
normalidad. Los últimos acontecimientos confirman que Hamás
tiene el poder para lograrla.
Los israelíes hablan de “la guerra civil
palestina” pero no son más que falsas ilusiones. La confrontación armada ha sido solo entre milicias armadas, y si desafortunadamente,
ha habido algunas bajas civiles, son lo que el ejército de EE UU llama “daños colaterales”.
La población ciertamente está dividida políticamente —tanto en Cisjordania como
Gaza— pero no están luchando los unos contra los otros, por lo menos por ahora.
Con Gaza considerada como una entidad
hostil y con toda la población como aliada de Hamás,
no cabe duda que será, en un futuro próximo, el blanco de una brutal agresión
israelí: finalmente habrá incursiones militares, bombardeos y hambre.
Por eso nuestra máxima prioridad, en
Israel así como todo el resto del mundo, es organizar solidaridad con Gaza y su
población.
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