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 Former MK Azmi Bishara Hace seis años escribí un libro titulado En
la Frontera, en el que traté de reflejar la peculiar manera en la
que el estado israelí y su ideología tratan el fenómeno de las fronteras.
Recientemente, tuve varias oportunidades para confirmar algunas de estas
reflexiones, especialmente las relativas al carácter móvil de las fronteras.
Hace unos días, me fui de vacaciones con algunos
amigos al norte de Galilea. Mientras andábamos hacia la frontera con el Líbano,
mi amigo Salman, uno de los líderes de la población Siria en los ocupados Altos
del Golán, me mostró diferentes piedras que actuaban como frontera y una
barrera bastante vieja: “aquí está la frontera internacional, pero, como puedes
ver, Israel ha extendido su control hacia el territorio libanés, unas cuantas
yardas al norte, en un movimiento gradual que ha borrado la verdadera frontera
internacional”.
Bishara
es también una cuestión de fronteras: la frontera de la ley. A lo largo de los
años, el brillante y valiente, así como anterior, miembro del Parlamento, ha
ido probando lo lejos que le está permitido llegar en términos de iniciativas
políticas, especialmente cuando todavía podía hacer uso de la inmunidad
parlamentaria.
Debido a sus actividades políticas, Bishara, fue
atacado repetidas veces por diputados derechistas, que sistemáticamente
pidieron que fuese acusado criminalmente por mantener contactos con el enemigo,
entrada ilegal a países árabes y otras ofensas. La respuesta usual del Fiscal
General era que, aunque las acciones de Bishara herían los sentimientos del
israelí común, estas quedaban dentro de las fronteras de la ley.
Pero, las fronteras de la ley son móviles también, y
debido a la Guerra –sobre todo a sus resultados vergonzosos- esta frontera se
movió hacia atrás. Así, un día, Azmi Bishara se encontró penalizado por
acciones que tan solo un año antes habían sido declaradas “no criminales” por
el Fiscal General. Lo mismo ocurrió hace tres años con Tali Fahima y sus
encuentros con activistas palestinos en Jenín. Lo mismo ocurrió también hace
veinte años con el Centro Alternativo de Información y su asociación con
organizaciones palestinas en los territorios ocupados, una colaboración
tolerada durante tres años, y de repente declarada ilegal en 1987.
Esta movilidad en las fronteras de la ley obliga a que
todos y cada uno de nosotros decidamos si nos quedaremos lejos de esa frontera,
para no meternos en problemas si se echa hacia atrás. Por lo que a mí respecta,
yo ya di mi respuesta en el juicio contra el Centro de Información Alternativa:
“… Niego distanciarme de la frontera y quedarme dentro de los confines de una
confortable legalidad. Siento respeto por los que prefieren desistir porque no
están del todo seguros de lo que es permisible y lo que no. Mis jueces me
reprochan el que me haya acercado demasiado a la frontera. Lo siento, pero ahí
es donde he decidido defender y expandir nuestras libertades”.
Todos debemos tomar otra decisión, todavía más
difícil: cuando las fronteras de la ley se mueven hacia atrás y deslegitiman
opiniones y actos políticos, ¿debemos respetar esa ley? Hacer esta pregunta es,
de hecho, contestarla. Un régimen que deslegitima opiniones y actos políticos,
que en el pasado eran considerados legítimos, pierde aunque solo sea
parcialmente, su naturaleza democrática. Así, obliga al ciudadano a rebelarse y
desafiar la ley no democrática.
La democracia es un contrato entre un régimen y sus
ciudadanos. Cuando el primero viola el contrato, el ciudadano libre tiene el
derecho, y hasta la obligación, de rebelarse.
* El libro En
la Frontera de Michael Warschawski fue publicado por la editorial Gedisa en el
2004.
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