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Ayer (como cada día) fueron asesinadas en Baghdad más de 100 personas en un solo incidente. Esta
vez ocurrió en al-Sidriya, uno de los barrios más devastados. Otras cien personas
fueron asesinadas en al-Hila, mientras que muchas otras lo han sido por todo el
territorio de Iraq.
Hace varios días el Alto Comisionado de Naciones
Unidas para los refugiados lanzó una de sus más contundentes llamadas, enviando
un mensaje de alerta sobre las oleadas de personas que están abandonando Iraq
en un número sin precedentes: literalmente, varios millones de personas han
dejado Iraq desde la invasión y ocupación americanas y especialmente desde el
estallido de la violencia interna, en la que cientos de personas son asesinadas
a diario. ¡Estamos de nuevo en el primer párrafo!.
En Gaza, en Beirut, en...
Yasser Arafat repetía una y otra vez que el
derramamiento de sangre palestina era una línea roja y el Jeque Ahmad Yassin
estaba de acuerdo en esto. Descansen ambos en paz.
Posteriormente, Alí al´Sistani, la más alta autoridad
chíi afirmó que los chíitas no responderían a las atrocidades cometidas por
al-Qaeda en Iraq “incluso si todos ellos fueran a ser exterminados” ¡puesto que
la lucha interna era una línea roja!.
En el Líbano, no hay ningún partido que no haya
declarado su total oposición a una posible deriva hacia la guerra civil. Por
ejemplo, un partido emite una fatwa
prohibiendo las luchas internas, mientras que otro emite un decreto y al mismo
tiempo todos ellos se acusan entre sí de ser los causantes de la tensión
actual.
Entonces, ¿cómo siguen estallando estas guerras
civiles que nadie parece querer?
Tenemos, por supuesto, las siniestras políticas
llevadas a cabo por los Estados Unidos en la región, que si bien no atizan
intencionadamente estas guerras civiles –es decir, no las planean de hecho, aunque
por otro lado no es completamente seguro que no sea así- terminan generándolas
como resultado de la interacción entre sus métodos administrativos y de su
indiferencia hacia los resultados de los mismos.
Dos investigadores universitarios británicos afirmaban
en un reciente libro titulado Iraq en fragmentos: La Ocupación y su Legado,
que la oportunidad de construir un estado en Iraq había sido saboteada más por
la tendencia del gobierno de los EEUU a controlar este proceso, que por las
debilidades preexistentes en la estructura socio-política iraquí. Los autores
sostienen que la contradicción fundamental se encuentra entre la aspiración a
hacer de Iraq un modelo alegada por Estados Unidos, que supuestamente sería
tanto el mayor reto como la meta estratégica para los estadounidenses; y su
actual énfasis en conseguir este control en un sentido más directo y básico del
término, resolviéndose siempre dicha contradicción a favor del mantenimiento
del control. Por lo tanto, el interés primordial de los EEUU fue determinar qué
cooperación podría producirse entre los diferentes sectores de la sociedad
iraquí y controlar la contribución de cada uno al “proyecto de construcción del
estado” de tal modo que ningún partido pudiera representar nunca una amenaza
para el control estadounidense. El estudio ilustra los métodos desarrollados
por los estadounidenses para administrar
dicho control, y que provocaron diversas rivalidades entre distintas facciones
profundizando el conflicto entre los poderes centrales y locales. Se crearon
instituciones para luego limitar el papel que deberían jugar. Se empujaron a
partidos y tribus a enfrentamientos entre unos y otros. Y los mismos resultados
podrían producirse, con variaciones locales, tanto en Palestina como en Líbano.
Pero, ¿es esto suficiente para explicar la facilidad
con la que contiendas civiles violentas pueden estallar hoy en día en cualquier
lugar del Mundo Árabe?
Sería arbitrario, ridículo y artificioso no tener en
cuenta otro elemento que ha facilitado este comportamiento estadounidense: la
ruptura interna en las sociedades Árabes nunca había alcanzado el punto en el
que se encuentra hoy en día. Se parece más a un esqueleto, desprovisto de sus
vestimentas, manteniéndose en pié frágilmente ante un huracán. Las primeras
señales de esta desintegración extensiva se reflejan tanto en la naturaleza como
en los métodos de oposición. Las poco cohesionadas resistencias producidas por
estas sociedades se parecen más a grupos de socorro que a redes de trabajo
organizadas. En Palestina, las organizaciones de mujeres hicieron un
llamamiento para formar una cadena humana en protesta por las luchas internas,
y con la esperanza de impedirlas, mientras la mayoría de la gente condenan los
enfrentamientos causados por el conflicto entre al Fatal y Hamas. En el Líbano,
parece ser que las peligrosas ramificaciones que surgieron de la chispa de
enfrentamiento encendida en la
Universidad Árabe de
Beirut sorprendieron realmente a parte del liderazgo. Lo cual no debería ser
motivo de alegría por lo que implica de falta de un asesoramiento adecuado
sobre la situación. Es decir, este miedo a un estallido no calculado de violencia
parece haber empujado a todo el mundo a acallar el sonido de los tambores de
guerra que resuenan actualmente. Adicionalmente se lanzó una campaña de
recogida de firmas destinada a conseguir el máximo nivel de inclusión y
variedad posible. Esta campaña fue iniciada por un grupo de jóvenes, con la
esperanza de crear un organismo no violento y no sectario que pudiera
insertarse dentro de los mecanismos existentes o incluso situarse por encima de
ellos. Dicho organismo pretendería representar a una voz única que quizá podría
parar esta espiral catastrófica. Esta iniciativa, por muy necesaria que sea,
está aún flotando en la periferia social.
La señal más llamativa de la extensión de esta
fragilidad interna de las sociedades Árabes queda reflejada en el abandono de
cualquier búsqueda de soluciones a estas situaciones explosivas, confiando en
su lugar en iniciativas externas. Hay negociaciones directas y públicas a nivel
internacional sobre el Líbano cristalizadas en el intenso flujo actual de
maniobras diplomáticas para reconducir la actual situación libanesa. Se está
andando un camino paralelo en la región en el marco de las negociaciones
Irano-Saudíes, en el que se están buscando posibles fórmulas si no para una
solución, al menos para una tregua en Líbano. A veces este abandono se presenta
bajo la forma de un trueque o de una apuesta que domina todo lo demás. Esto es
exactamente lo que ocurrió tras la convención de Paris 3, apoyado por el
discurso del presidente Bush en el que atacaba a Hezbollah, Siria e Irán,
alardeando sobre las sumas de dinero que los EEUU han destinado al Líbano. Esto
parecía ir expresamente dirigido al Presidente Siniora.
Ni los esfuerzos internacionales ni el marco regional
son el problema, pese a la implicaciones que ambos traen consigo, y que deben
ser evaluadas y modificadas. El problema realmente reside en la falta de
capacidad de las fuerzas locales –que están directamente implicadas, ya sea en
terminus de su potencial para desarrollar sus propias soluciones o incluso para
temas más básicos- de jugar ese papel..
El material para “volver a vestir” a estos esqueletos
de sociedades son los proyectos que adoptan, que reflejan las imágenes que
tienen de si mismas y de sus aspiraciones. Este es el secreto de Irán, por
ejemplo, más que su petróleo o su empeño de adquirir capacidad nuclear. Incluso sociedades más desarrolladas y
estables poseen esta auto-percepción. Sin ella, no habrá respiros y la
situación continuará degenerando en conflictos, algunos de los cuáles podrán
ser contenidos y otros que eventualmente estallarán.
*Este artículo fue publicado originalmente en Árabe en
al-Hayat y traducido al castellano por el Centro Alternativo de Información (AIC)
a petición de la autora.
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