Si la ocupación tuviera rostro, sería un rostro de violador, y como todo buen violador que se precie, disfrutaría violando. La ocupación elige bien a sus víctimas, y entre ellas, las mujeres de Jerusalén este ocupan un lugar prominente dentro de la maquinaria violadora del gobierno de Israel. Violaciones en extremo arrogantes, por ese absurdo delirio de autodefinición democrática de la mano ejecutora que aplica su talante democrático violando los derechos de la población palestina en su conjunto, sin distinción de edad, clase social, sexo, origen étnico, etc.