Para empezar, dada la interacción de los niveles político, social, económico y cultural, la élite de Israel comienza a perder su capacidad de entender su victoria de forma profunda y consciente. Esto implica que carecería de habilidad para tratar con sus vecinos derrotados de una forma que garantice las condiciones y circunstancias para construir verdaderos puentes hacia su extenso entorno árabe. Tampoco tiene capacidad para construir las bases para su existencia en esta región tan sensible. Israel está lleno de contradicciones que seguramente no pueden ser resueltas simplemente con una victoria en una batalla o en un efímero enfrentamiento militar.
Nassar Ibrahim. Analista político y director del Centro de Información Alternativa (AIC) en Palestina
De ahí que Israel se dirija hacia un fortalecimiento de una cultura distorsionada y de autopercepción. Israel se aleja permanente y progresivamente del pensamiento y del comportamiento político racional. Consciente o inconscientemente, comenzó a alimentar sus propias ilusiones y aspiraciones, quitándose las ataduras a cualquier límite y ajeno a las lecciones históricas, geográficas y demográficas fundamentales.
Una de las ideas más comunes fue, por ejemplo, que "el ejército israelí es invencible" y que Israel sólo es más fuerte que todos los países árabes juntos.
De ahí que al quedar sin el control de lógica racional alguna, la élite dominante en la sociedad israelí llegara tan lejos política y culturalmente en sus propios delirios. La cosmovisión israelí dominante era que ellos, más allá de la historia y de la realidad, eran una especie de superejército, superestado, supersociedad. Y mientras se tenga esa percepción de sí mismo, no habrá necesidad de prestar atención a aquello que lo rodea. Esta lógica de la fuerza comenzó a generar una ideología de la fuerza, una cultura de la fuerza y una conciencia de la fuerza, seguida de una política de fuerza y, por último, una paz por la fuerza. Y por eso no es extraño que, con una victoria tras otra, Israel se haya alejado cada vez más de la paz y de la seguridad.
Lo que profundizó este desequilibrio de la práctica política israelí fue su aceptación y su voluntad de asumir el papel de herramienta diseñada para imponer las estrategias de dominación de EEUU sobre la región. Esto ha hecho que la sociedad israelí en su totalidad aparezca como si se tratara simplemente de una tropa militar para llevar a cabo esos requerimientos, y para pagar el precio de las aspiraciones estadounidenses que tratan de extender y controlar incluso a expensas de los fundamentos de la existencia de la sociedad israelí.
En consecuencia, Israel cayó en la trampa de su propia victoria, porque la repercusión más peligrosa de una victoria -de cualquier victoria- es que el victorioso pierda la capacidad de calcular los límites de esa victoria, o los límites de su propio poder. Objetivamente, cualquier victoria en la historia es, al fin y al cabo, una victoria relativa. Y cualquiera que olvide esta verdad esencial perderá la mitad de su victoria y, por tanto, perderá la mitad de su sabiduría. En sentido histórico y material, para Israel esto constituye el primer desastre y desperdicio de una victoria.
Cualquier persona, Estado, o grupo que no sea consciente de los límites de su poder, o de la manera de utilizarlo con prudencia, es más peligroso y estúpido que cualquier imagen del poder que pueda conservar la parte más débil. Israel ganó las guerras de 1948 y 1967. ¿Y ahora qué?.
Israel, un pequeño país, no se ha dado cuenta de que a pesar de su proeza, es demasiado pequeño como para devorar a su presa -los árabes y los palestinos- tanto política, cultural, histórica y psicológicamente.
Mientras la situación siga así, y mientras la conciencia de los límites del poder, las victorias y su utilización sigan siendo una cuestión de fuerza, la situación seguirá yendo hacia la confrontación.
Mientras la cultura de la fuerza se lleve al extremo, tanto en términos cuantitativos como cualitativos, incluyendo el capital humano, y mientras que los recursos de cualquier país o sociedad al final sean limitados, no habrá posibilidad de avanzar, y en el mejor de los casos, sólo habrá estancamiento. Además, la parte más débil o derrotada seguirá fortaleciendo su conciencia como reacción instintiva a la derrota y al sentimiento de humillación, y buscará sin descanso las oportunidades de recuperar sus derechos e invertir en lo que se posee. En el caso de los palestinos y los árabes, esto es algo a tener presente: la diferencia relativa entre el vencedor y el vencido se va reduciendo gradualmente hasta que alcanza un punto de equilibrio en el que el conflicto se transforma en círculos y ondas entrelazadas en las que el vencedor y el vencido ya no pueden diferenciarse en términos de destrucción, muerte, terror y frustración.
No obstante parecería que, a consecuencia de la victoria fácil, Israel pierde el equilibrio y empieza a comportarse como si fuera un importante país colonial. Y esto a pesar de las limitaciones de sus capacidades y su destino que lo ha lanzado en medio del mundo árabe. Sobre esta base, comienza a comportarse como si tuviera en sus manos el destino del mundo árabe, de Oriente Medio y del pueblo palestino. Comienza a tratar de imponer sus condiciones y su lógica sin ninguna consideración ante lo ya existente. En lugar de tratar de considerarse a sí mismo como un país normal y corriente de la región, un país que se respeta a sí mismo, a su entorno y a sus vecinos, busca la dominación absoluta. Esto lo condujo a una serie de contradicciones y de fricción imposible de desenredar en medio de su vasto entorno.
La experiencia de Israel representa un ejemplo flagrante de la cultura de la fuerza, carente de los más básicos elementos de prudencia: una cultura que alimenta la conciencia colectiva del vencedor con una cultura de la condescendencia y el desprecio hacia el derrotado. Formula ecuaciones de acuerdo al racista y patético dicho: "Si los árabes y los palestinos no se rinden ante esta cantidad de fuerza, tendrán que tener en cuenta y arrodillarse ante el uso de más fuerza". De esta manera, el vencedor se convierte en rehén de su fuerza ciega a expensas de la fortaleza de la prudencia y la razón.
Sin embargo, ¿qué sucede si los palestinos no descansan, ni se rinden, tal y como ha demostrado el curso del conflicto?
En ese caso sólo queda una opción: la continuación de esta danza de guerra y destrucción. Y en medio de todo esto, nadie va a recodar quien es el vencedor, ni siquiera los vencedores mismos. Porque esta ecuación de eliminación del otro, destruyéndolo y humillándolo militar, política y culturalmente, de forma aplastante, conducirá a todos a un ciclo de terror absoluto. En el contexto de esta ecuación de terror no hay lugar para un protocolo para celebración alguna de victoria que tenga sentido y valor, porque la continuada danza de muerte no deja tiempo ni siquiera para una sonrisa.
Frente a la distorsión por la que se ha deslizado la sociedad israelí bajo la presión de la locura del poder, se requiere una fuerza política y social y una élite cultural que tenga coraje y paciencia y, ante todo, una visión histórica. Una fuerza que trabaje con diligencia para salvar a la sociedad israelí, no de los palestinos sino de Israel mismo. Este Israel que insiste en empujar a los israelíes a la trampa del espejismo de una fuerza destructiva que le permitirá engullir por completo a todo Oriente Medio y reestructurarlo y reconstruirlo a su antojo. Israel, que se comporta de acuerdo a una cultura tipo Rambo, capaz de invadir países enteros y ejércitos sin resultado de heridos, o sin agotar todas las balas de sus armas.
Sí, esto es posible, pero solo en las películas o en los dibujos animados.
Esta grave disfunción metódica y psicológica de su percepción tanto de la derrota como de la victoria y frente a los principales sucesos, como hemos señalado, se ha convertido en el comportamiento dominante. Las dinámicas de esta distorsión del poder continúan incluso cuando se modifican o cambian radicalmente las relaciones entre las dos partes. Esto es, cuando hay un derrocamiento o cambio de posiciones, incluso si en sentido relativo, la parte derrotada consigue mejorar su situación y logra algunas victorias. La parte que ha crecido acostumbrada a las victorias, se encuentra así, de repente frente a determinadas derrotas (un perfecto ejemplo de un caso así podría ser la guerra Líbano, de julio de 2006 y las consecuencias de la guerra de Gaza, a finales de 2009). El nuevo vencedor (la parte árabe) no es capaz de comprender o invertir en los resultados de su victoria para obtener determinados logros políticos. Por el contrario, sus prácticas y limitaciones políticas continúan girando en los mismos círculos a los que estaba acostumbrado, como si no pudiera creer que en realidad resultó vencedor.
Además, la nueva parte derrotada (Israel), que ha sido adicta a las victorias, tampoco puede comprender que ha podido ser derrotado. Por lo tanto, continua comportándose de acuerdo a la lógica del vencedor, achacando sus errores a factores y elementos lejanos a la esencia de sus puntos débiles.
Así es como todos con la misma inconsciencia siguen ignorando las lecciones de las victorias y derrotas, y mientras tanto siguen los planteamientos como si las victorias y derrotas fueran definitivas y no hubiera nada más que hacer con la vida real y los cambios en el terreno.
En medio de esta doble distorsión, confusión e incapacidad tanto del derrotado como del vencedor, se seguirán perdiendo y desperdiciando oportunidades válidas para alcanzar una paz real y duradera. El precio de esta ignorancia se pagará por adelantado con la sangre, la seguridad, el futuro y la humanidad de todo el mundo.
En este punto, el derrotado y el vencedor se vuelven dos caras de la misma moneda. Se hace imposible hablar de paz, estabilidad, desarrollo o seguridad del vencedor mientras el derrotado siga resistiendo y enfrentándose a él. Es como un recordatorio de su existencia y del hecho de que derrota y victoria no son el destino final de ninguna nación, civilización, cultura o imperio.