Jueves 17 de Mayo, 2012
Nassar Ibrahim
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Nassar Ibrahim is a activist, book author, writer and specialist on Palestinian resistance. He was editor in chief of El Hadaf newspaper. In this blog, Nassar gives us the opportunity of an inside scope in the fight for justice and freedom.
 
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La reconciliación de los palestinos: necesidad estratégica para un cambio táctico

Sábado 31 de Marzo de 2012 11:07 Nassar Ibrahim para el Centro de Información Alternativa (AIC)
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La reconciliación de los palestinos es una necesidad estratégica en su lucha por la libertad, sin embargo, tanto para Hamas como para Fatah, se ha convertido en un movimiento táctico. Nassar Ibrahim analiza por qué.

El primer intento concreto entre Fatah y Hamas, entre Ramallah y Gaza, para acabar con la división política palestina tuvo lugar precisamente un año después de que se produjera la división: bajo los auspicios de la dirigencia saudí, en febrero de 2007, Hamas y Fatah firmaron el Acuerdo de la Meca, celebrado con aplausos por miles de palestinos de todo el Territorio Palestino Ocupado. La finalidad de este primer acuerdo era garantizar un gobierno de unidad nacional tras las elecciones de enero de 2006 ganadas por Hamas y que a continuación fueron boicoteadas por la comunidad internacional.

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Con el Acuerdo de la Meca no se logró ningún avance político tangible y, como consecuencia, la frustración condujo a la actual división geográfica entre las autoridades gubernamentales de Cisjordania y la Franja de Gaza.

Años más tarde hubo otra ronda de reconciliación palestina: el 4 de mayo de 2011, Mahmoud Abbas, líder de Fatah, y Khaled Meshaal, su contraparte de Hamas, firmaron un nuevo acuerdo en El Cairo con el fin de establecer un gobierno nacional palestino que sustituiría a los actuales gobiernos de Salam Fayyad en Cisjordania y de Ismail Haniya en la Franja de Gaza. El acuerdo establecía también la celebración de elecciones generales parlamentarias y a la presidencia, la unificación de los aparatos de seguridad palestinos y la liberación de los prisioneros políticos. En vista de que el Acuerdo de Reconciliación de El Cairo tampoco se llevaba a la práctica, el emir de Qatar tomo la iniciativa de invitar una vez más a las dos partes a volver a la mesa de negociación.

El 6 de febrero de 2012 se firmó el Acuerdo de Doha con el fin de lograr la formación de un gobierno de unidad palestino presidido por Mahmoud Abbas, una condición que Hamas aceptó a pesar de haberla rechazado durante años. Al cabo de varios días de euforia comenzó a aflorar la disidencia al interior de Hamas. Importantes personalidades de Gaza condenaron el Acuerdo de Doha, acusando a Khaled Meshaal de conceder demasiado poder al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas. La consecuencia ha sido que este potencial cambio estratégico de Hamas ha perdido relevancia debido a la crítica interna, lo que pone de relieve las contradicciones políticas inherentes a la iniciativa.
 
Las preguntas que surgen ahora son por qué es posible llegar a una serie de acuerdos y después se relativizan haciendo así que pierdan su impacto concreto; y por qué el centro de las negociaciones palestinas se ha trasladado de El Cairo a Qatar en este preciso momento histórico.

Desde su origen, la cuestión de la reconciliación de los palestinos se ha visto afectada por factores contradictorios. Al garantizar la unidad nacional, al menos formalmente, se trataba de eliminar el principal obstáculo a la iniciativa palestina de septiembre de 2011 para la admisión en Naciones Unidas. Más tarde fue una concesión ante las presiones de los palestinos desde la calle, para quienes la unidad nacional es la esencia misma de la conciencia política.

Después de 62 años de conflicto, el pueblo palestino no ha olvidado el imperativo de la unidad como valor universal para el éxito en la lucha. Su particular experiencia histórica, enfrentándose durante años a la ocupación israelí, les deja todavía más claro que la unidad es la condición previa para el logro de sus derechos nacionales y humanos. Por eso, desde el comienzo mismo, la actitud del pueblo palestino, tanto al interior de la Palestina histórica como en el exterior, ha sido muy sensible a los acontecimientos políticos que pudieran perjudicar la unidad nacional. Cuando en 2007 se materializó la división política, la conciencia política del pueblo palestino quedó conmocionada y, tras un periodo de estancamiento, reflejo de su decepción, pedía a Fatah y a Hamas que dejaran a un lado sus respectivos intereses particulares en Cisjordania y en la Franja de Gaza. A nivel discursivo, Hamas y Fatah mostraron su malestar a las calles, culpando de la división a la otra parte, al mismo tiempo que seguían declarando su interés en alcanzar la reconciliación.

Las negociaciones de El Cairo para la reconciliación de los palestinos comenzaron durante los últimos días del régimen de Mubarak y terminaron en mayo de 2011 gracias a la mediación del gobierno provisional egipcio que trató de jugar un papel de moderador presionando a Hamas. Ahora, el patrocinio de las negociaciones para la reconciliación se ha desplazado al Golfo lo que no es por casualidad. En el contexto de la dinámica evolución de "la Primavera árabe", Qatar y Arabia Saudí se han hecho con el rol de líderes del eje USA-Golfo y de la Liga Árabe para tratar de fortalecer la alianza con los países occidentales frente a los regímenes de Siria e Irán junto a China y Rusia. En este contexto, el factor clave para desempeñar la función de mediador entre Hamas y Fatah ha sido la histórica relación del emir de Qatar con la Hermandad Musulmana que ahora gobierna en Túnez y Egipto. Y también proporciona al movimiento islamista de Gaza una buena oportunidad para enviar un claro mensaje al Mundo Árabe: volando de Damasco a Doha, la dirigencia de Hamas parece dar la espalda a su aliado histórico y se dispone a aproximarse a los conformistas países del Golfo y a la evolución de la Hermandad Musulmana hacia Occidente.

A pesar de la voluntad de compromiso, ninguno de los objetivos establecidos en el acuerdo de reconciliación se llevan a la práctica. El Acuerdo de El Cairo fracasó por discrepancias entre Hamas y Fatah y bajo la presión de EEUU e Israel, estos últimos interesados en mantener la división política para instigar mejor a las partes palestinas una contra otra.

Lo que debería ser una condición previa para una nueva estrategia política, se ha convertido en una mera maniobra táctica utilizada por las dos partes para reacomodar su posición. La razón de ello puede explicarse por cuatro factores principales:

Primero, las decisiones políticas, tanto de Hamas como de Fatah, están directamente relacionadas con su interés por conservar sus particulares privilegios, obtenidos al gobernar por separado en lugar de compartir el poder político.

Y así, las negociaciones palestinas para la reconciliación han sido utilizadas por Hamas y Fatah como una herramienta que les garantice sus respectivas posiciones de fuerza. Acordar sobre un gobierno de unidad nacional implica renunciar a privilegios derivados de su control autónomo de Cisjordania o de Gaza respectivamente. La pelea por ganar influencia y recursos comenzó a partir de la victoria electoral de Hamas en 2006, victoria que Fatah reconoce oficialmente pero no de facto. Hasta ahora ha habido una probada falta de voluntad para compartir el poder político y para fusionar las carteras gubernamentales y las instituciones sin renunciar a parte del aparato que alimenta y representa la Autoridad Palestina en Ramallah, o en la Franja de Gaza.

Segundo, factores políticos ejercen presión objetiva sobre la reconciliación. Las diferencias estratégicas entre Fatah, que apoya negociaciones directas con Israel como única vía legítima para avanzar, y Hamas que representa ideológicamente la estrategia de la resistencia, no se pueden salvar con un simple acuerdo que no contemple el axioma de cuál ha de ser la estrategia común del gobierno de unidad en el futuro. Aunque al firmar el Acuerdo de Doha, Meshaal dejaba una ventana abierta a la estrategia de negociación de Fatah, en su partido no existe consenso, tal y como se pone de manifiesto en las ásperas críticas de los pesos pesados de Hamas, como el cofundador Mahmud Zahar quien calificó a la declaración de Doha de "error" y a la aceptación de Abbas como futuro primer ministro, de "estratégicamente inaceptable".

Tercero, en este contexto hay que subrayar que Fatah, como cabeza de la Autoridad Nacional Palestina, se ve sometida a la estrategia del palo y la zanahoria impuesta por las potencias occidentales. La dependencia financiera de la Autoridad Palestina de la ayuda internacional, a partir de los Acuerdos de Oslo, tiene como consecuencia pérdidas financieras concretas ante cualquier intento de independencia política. Y el resultado es que ahora existe un dilema debido al control político mediante la financiación exterior y al hecho de que EEUU y la Unión Europea se sirven de la presión financiera para facilitar el éxito a Israel valiéndose para ello del "proceso de paz". Como prueba de ello recordemos como el gobierno de Fayyad fue chantajeado y castigado financieramente por los donantes occidentales tras la iniciativa de septiembre y, en particular, cuando la UNESCO reconoció a Palestina. Este chantaje fue tan fuerte que hubo de ser retirada la solicitud de Palestina para su reconocimiento en otras agencias de la ONU, a cambio del flujo de capital extranjero a las arcas de la Autoridad Palestina en Ramallah.

Cuarto, la perspectiva regional está determinando el campo de acción y las estrategias de Hamas y Fatah. Las decisiones de los acuerdos de El Cairo y Doha, de las que hemos sido testigos, subyacen de los cambios de régimen en el Mundo Árabe y del ascenso de la Hermandad Musulmana en varios países. Tanto Fatah como Hamas evalúan los resultados de los cambios para buscar las alianzas más convenientes en el nuevo escenario.

En vista de ello, la disposición de Fatah hacia la reconciliación nacional no es más que una táctica. La dirigencia de Ramallah no ha hecho un análisis crítico de los resultados del proceso de Oslo, ni tampoco ha restablecido la estrategia nacional palestina de acuerdo a las prioridades nacionales a todos los niveles. Como Abbas dejó claro en su discurso de septiembre en Naciones Unidas, la propuesta estratégica de Fatah sigue siendo la vía de las negociaciones directas con pequeñas dosis de "resistencia popular".

Por otra parte, la propuesta de reconciliación palestina por parte de la dirigencia de Hamas puede ser entendida como un intento de suavizar su modelo ideológico, mostrando un posible cambio hacia una línea política más moderada con el fin de converger con la nueva estrategia de la Hermandad Musulmana, en el poder en otros países árabes. Pero que Hamas lleve a cabo una verdadera revisión de su posición con respecto a la "resistencia", que sigue apareciendo como la principal herramienta estratégica, dependerá de la presión de su disidencia interna. La actitud crítica de muchas de sus principales figuras, especialmente del ala militar, es una razón para creer que la estrategia del movimiento de cara al futuro no puede estar determinada por la afiliación a la Hermandad Musulmana que gobierna en los países árabes, sino por su disposición a no bajar el listón con respecto a los derechos nacionales palestinos.

Como en el caso de la iniciativa de septiembre en Naciones Unidas, el fracaso del Acuerdo de Doha se explica por la carencia de una propuesta política integral de una nueva estrategia nacional cuya condición previa sería la reconciliación política. Además, la cuestión de la reconciliación no se puede reducir exclusivamente a las negociaciones entre Fatah y Hamas, sino que necesariamente ha de incluir a otras fuerzas del espectro político, en especial los partidos de izquierda y las organizaciones de la sociedad civil.

Por último, mientras siga pendiente una evaluación palestina interna de los resultados de la aplicación de los Acuerdos de Oslo, y una reestructuración de los órganos políticos palestinos (incluida la OLP y la Autoridad Nacional Palestina), no será posible ninguna estrategia de unificación nacional que de prioridad a la liberación nacional.
 

Siria: cuestión clave en Oriente Medio

Sábado 25 de Febrero de 2012 18:31 Nassar Ibrahim
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La lucha por Siria no trata sólo de Siria, es la lucha por un Oriente Medio libre y democrático frente a otro bajo el yugo de la hegemonía de EEUU e Israel.
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Foto: Reuters

El conflicto de Siria ha alcanzado su punto álgido. Ya no es aceptable, ni razonable quedarse en una zona gris, en nombre de la diplomacia, en un momento en que la lucha en Siria adquiere un significado esencial desde varios puntos de vista estratégicos.

La importancia de la cuestión siria hay que buscarla en el papel clave de Siria dentro del modelo geoestratégico regional. Su situación se encuentra directamente entrelazada con las confrontaciones en el mundo árabe de las que seremos testigos durante la próxima década, y cuyos resultados, a su vez, estarán muy condicionados por el cambio que se produzca en Siria. En resumen, los cambios que presenciaremos en los días actuales condicionarán en más de un eje el destino de una serie de equilibrios regionales y globales.

A partir del momento en que la Liga Árabe tomó la decisión de suspender a Siria como miembro de la misma, lo que acarrea una serie de sanciones contra el pueblo sirio, los enfrentamientos que se producen en Siria han pasado a otro nivel. Esto se hizo más evidente con la segunda propuesta de resolución en NNUU pidiendo una transición democrática y la dimisión de Bashar Al Assad, lo que se impidió, por segunda vez en cuatro meses, el pasado sábado [4 de febrero] gracias al veto de Rusia y China. Ya ha habido dos intentos para preparar el terreno para una intervención militar que a EEUU, los europeos y los países árabes les gustaría ver, y a favor de los cuales han votado 13 de los 15 miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Semejante celo recuerda el clima internacional anterior a la guerra contra Iraq el pasado sábado a comienzo de 2003.

Ante los recientes acontecimientos, han caído las máscaras, mostrando los verdaderos objetivos que escondían y desvelando que las consignas pidiendo libertad, democracia y derechos humanos están siendo utilizadas como ariete por los partidarios de la intervención para fracturar a Siria. El objetivo parece claro: privar al país de su papel y al pueblo sirio de su voluntad. Aquí es necesario recordar que Siria siempre ha tenido una posición destacada en la historia árabe, siendo ejemplo de civilización con siglos de antigüedad, sólidas estructuras estatales, y como polo de referencia para todo el mundo árabe, no sólo por su posición geopolítica sino también por su espíritu anticolonial y posición histórica frente al Estado de Israel, largo brazo de las potencias coloniales occidentales en Oriente Medio. Estas características, que han determinado la naturaleza de los sentimientos nacionales del pueblo, son ignoradas por completo por los defensores de los derechos humanos, la libertad y la democracia, específicamente los reaccionarios regímenes del Golfo, Turquía, el movimiento libanés de Hariri y los grupos islamistas de Siria, a sueldo de la conexión estadounidense, francesa y qatarí. Irónicamente, representantes de países que han sido nombrados por la familia gobernante en Arabia Saudí, o cuyos dirigentes llegaron al poder gracias a un golpe de Estado mientras su propio padre se encontraba en el exterior (caso del jeque Hamad bin Khalifa de Qatar), hoy están pidiendo una intervención de la OTAN para destruir Siria con el pretexto de "los derechos humanos y la democracia".

Y en la cumbre de su frustración –ante la incapacidad para provocar un cambio de régimen durante diez meses, a pesar de todos sus medios de comunicación, y esfuerzos financieros y militares–, Burhan Ghalioun, jefe de la oposición, ya ha hecho la promesa de abrir Siria a los aliados occidentales, romper las relaciones de Siria con Irán, con la resistencia libanesa y palestina y además, si su proyecto llega a tener éxito, establecer buenas relaciones con Israel. Este giro hacia una inclusión más amplia en la economía de libre mercado y a la penetración de fuerzas coloniales, sacrificaría el papel histórico de Siria y, desde luego, no representaría los intereses del pueblo sirio.

El objetivo de Occidente con respecto a Siria y más ampliamente a Oriente Medio, es ir consolidando cada vez más el control sobre la región. La denominada "Guerra contra el Terror" que comenzó tras el 11 de septiembre, es una expresión de este propósito de controlar Oriente Medio, como lo fue la ocupación de Afganistán, la caída de Bagdad en 2003, la guerra israelí contra Líbano en 2006 y, por último, el ataque israelí contra Gaza a finales de 2008 y principios de 2009. Sin embargo EEUU se ha enfrentado a movimientos de resistencia y oposición.

Washington se vio sorprendido por la caída de Zine El Abidine Ben Ali en Túnez, el colapso del régimen de Hosni Mubarak en Egipto y el estallido de los movimientos de protesta en varios países árabes. El juego, que hasta entonces había sido bastante evidente, se distorsiono y confundió. Tales cambios obligaron a Occidente a reformular estrategias y políticas con el fin de contener y controlar el cambio social. Esto cobró más importancia ante la derrota de EEUU en Iraq bajo la presión de la resistencia iraquí, después de nueve años de guerra, cinco mil muertos [estadounidenses] y un gasto militar estimado en tres billones de dólares.

En este punto, la alianza entre EEUU y los regímenes reaccionarios ya no podía seguir determinando la agenda de manera abierta. La estrategia cambió, enredando el debate público y a los regímenes árabes reaccionarios para desatar el conflicto sirio. La única solución para compensar las pérdidas en Afganistán e Iraq y para proteger de la "Primavera árabe" a los regímenes aliados parecía ser una actuación firme.

Por lo tanto, las fuerzas imperialistas y reaccionarias, a saber, la OTAN y sus aliados del Golfo, rápidamente decidieron intervenir en contra de Siria, proponiendo dos posibles escenarios: la primera opción consistía en aprovechar la oleada de revueltas árabes empleando toda la fuerza para destruir Siria mediante una exhaustiva guerra política, psicológica y de los medios de comunicación, incluida la internacionalización de la crisis y el llamamiento a una intervención exterior (como la de Libia) para convertir este país hostil a la OTAN en un Estado satélite como los demás regímenes árabes reaccionarios que giran en la órbita del Occidente colonial.

Si eso no ocurriera, veríamos a las fuerzas occidentales hundir a Siria en un lodazal de destrucción, agotando sus recursos como Estado y sociedad y, al hacerlo, se borrarían los logros de su papel histórico en la escena regional e internacional. Esto se conseguiría alimentando la violencia sectaria y con organizaciones terroristas armadas y grupos extremistas -entrenados y dirigidos a vaciar las estructuras e instituciones del Estado- para desestabilizar el modelo social y económico y condenar a Siria a conflictos internos a largo plazo.

En este contexto tenemos que analizar las posiciones de poder de las diferentes partes que participan en esta lucha desde hace meses. Encontramos dos frentes confrontados: en el primero está EEUU, Israel, los países de Europa occidental, los regímenes árabes reaccionarios representados por el Consejo de Cooperación del Golfo, sectores reaccionarios de las sociedades del Golfo, y Turquía que aspira a su papel en la región. En el otro lado encontramos al pueblo sirio que exige cambio, el Estado sirio y las fuerzas de la resistencia de oposición política y cultural, especialmente en Líbano y Palestina, apoyadas por Argelia e Irán.

Aquí hay una cuestión a tener en cuenta: el régimen sirio –y en particular el partido Baath– debe ser seriamente criticado por sus políticas represivas. La voluntad de cambio y reformas del pueblo tiene que ser respetada y apoyada. Sin embargo el hecho de que el régimen no haya podido ser derrocado todavía muestra que el equilibrio interno de poderes no es tal y como nos lo presentan los medios de comunicación internacionales. El pueblo sirio no ha olvidado el decisivo papel del partido Baath en la creación de las estructuras del Estado (por ejemplo los sistemas de salud y educación), y en apoyo a los movimientos de resistencia, primero y sobre todo a la resistencia palestina. Por otra parte, si las potencias extranjeras llaman a la destrucción del Estado y las estructuras de Siria, el régimen debería dar respuesta a las demandas de reforma del pueblo sirio. Si bien es necesaria una transición, ésta no puede darse a costa del desmantelamiento de Siria y de la denegación del derecho de autodeterminación de su pueblo, disfrazándolo de democratización.

Ya se ha demostrado que la presión interna puede obligar al régimen a abrirse a reformas que ya han sido anunciadas en los últimos meses y que incluyen la retirada de la ley de emergencia, en vigor desde 1963, reformas constitucionales que implican elecciones presidenciales y locales, pluripartidismo, con cuatro nuevos partidos legalizados y otros cinco en proceso de legalización, reformas económicas para revocar acuerdos de libre comercio que perjudican los intereses de los medianos y pequeños empresarios sirios, y volver a distanciarse de las políticas de apertura al libre mercado implantadas recientemente. Pero se necesita de tiempo y espacio para poner en marcha las reformas y para demostrar que esta democratización es posible sin los dictados de Occidente.

Lo que ahora está sucediendo en Siria no es un conflicto local, es la expresión de la confrontación entre la visión estadounidense e israelí del "Nuevo Oriente Medio", por una parte, y los movimientos de resistencia y oposición que luchan por un verdadero cambio social democrático.

Esta lucha se da de tres maneras interdependientes entre sí:

Primero: la confrontación entre los partidos de resistencia y oposición que luchan por sus derechos políticos, económicos y culturales frente al proyecto sionista en todas sus dimensiones y objetivos.

El desenlace del conflicto en este nivel determinará el futuro de la causa palestina, ya sea más allá del estancamiento creado por los Acuerdos de Oslo, o por la dependencia de los países árabes y el consiguiente debilitamiento de la resistencia palestina. Esto significa que el Mundo árabe debe tomar la iniciativa, presionar a favor de los derechos nacionales de los palestinos y luchar contra el proyecto sionista como preludio a su derrota. O por el contrario, se conduciría a la derrota al núcleo de la resistencia, con la consiguiente victoria del sionismo, lo que implica la aniquilación de los derechos de los palestinos.

Segundo: una confrontación entre el intento colonial de EEUU y la Unión Europea para dominar la región, con el apoyo de las fuerzas reaccionarias de Turquía y los regímenes árabes, frente el eje Rusia-China apoyado por fuerzas internacionales emergentes como Irán, Brasil e India.

Esta confrontación establecerá los parámetros de los nuevos equilibrios internacionales para, por un lado, superar la hegemonía estadounidense y restablecer el papel de moderación de Rusia y China, lo que llevaría a una remodelación de las relaciones internacionales, entre ellas la reforma de Naciones Unidas que, durante las dos últimas décadas ha estado cada vez más dominada por los intereses de EEUU. Rusia y China junto con otros países emergentes como India, Suráfrica, Brasil y Venezuela y gran parte de América Latina desean remodelar las relaciones internacionales sobre la base de un equilibrio más justo que el modelo de dominación de EEUU, surgido tras la Segunda Guerra Mundial y fortalecido tras la caída de la Unión Soviética.

La alternativa sería el cumplimiento del plan de EEUU para destruir Siria, teniendo así la oportunidad de reorganizar la región de acuerdo a la estrategia y los intereses estadounidenses.

Tercero: el enfrentamiento a nivel sociopolítico-ideológico entre fuerzas religiosas reaccionarias y salafistas, por una parte, y movimientos progresistas laicos por otra, con sus respectivos agentes políticos y sociales.

Ello determinará la naturaleza del cambio en la región y en las comunidades árabes, o llevará la zona a un estado de deterioro, estableciendo nuevos sistemas reaccionarios, en nombre de la religión, lo que acabaría con el proceso de cambio democrático con sus manifestaciones progresistas nacionales. Esto es lo que veremos si las potencias de la OTAN intervienen y manipulan los procesos de democratización que pertenecen a los árabes, restaurando una vez más la "democracia" colonial. Como alternativa podríamos ver que el proceso socio-político de democratización cobra un nuevo impulso en las sociedades árabes, convirtiéndose en un fenómeno auténtico y profundo que podría ser un modelo de cambio en Siria. Esto dejaría libre el camino para que la Nación árabe rompa el estado de dependencia con occidente, y le permita entrar en una fase de progreso y autoafirmación en la escena internacional.

A la luz de este análisis, e insistiendo en la interdependencia de estos tres niveles, el conflicto de Siria no ha de ser visto sólo como una lucha para castigar la situación anterior, o las políticas represivas del régimen de Assad. Es, en esencia, un conflicto para determinar el futuro de la región. En este sentido, la confrontación transciende una lectura estrecha. Un éxito de Siria significa algo más que la supervivencia de un Estado que resiste intervenciones coloniales extranjeras y se pone en pie ante el intento de desmantelarlo. Esto es importante, pero un verdadero éxito depende de la capacidad para aplicar un proceso de reformas profundo, radical e integral de las instituciones, la sociedad y el aparato del Estado de Siria. Para semejante democratización hay que aprovechar todas las posibilidades de la sociedad siria, especialmente a la luz del elevado nivel de conciencia demostrado en momentos históricos cruciales. El pueblo que, -con sus protestas y, al mismo tiempo, su resistencia a las intervenciones del exterior-, no cae en la trampa de las deslumbrantes consignas de "democracia" y "derechos humanos", ha sido una gran sorpresa para los que han apostado por su descomposición. Demuestran al régimen de Assad que están dispuestos y son capaces de un verdadero cambio democrático que sea algo más que una translación de los modelos externos.

La lucha que se está desarrollando en Siria revela que los actuales acontecimientos están siendo alimentados por potencias coloniales. El objetivo de los actores coloniales y reaccionarios es impedir que Siria construya su propio modelo democrático, diferente al proyecto de "democracia colonial" de Occidente. La política de Occidente con respecto al régimen de Assad pretende la subordinación y la dependencia de Siria, como estrategia para contener las revoluciones árabes, para controlarlas y mantenerlas bajo el paraguas de la visión estadounidense-occidental ya que éstos no han podido proteger a sus aliados árabes de los levantamientos de masas. La esperanza de los intereses occidentales de mantener las riendas del cambio en el Mundo Árabe explica el cambio de posición de Occidente con respecto al Islam político, especialmente la Hermandad Musulmana que ha llegado al poder en Túnez, Libia y Egipto. A su vez, los movimientos islamistas están demostrando ser mucho menos peligrosos para los intereses occidentales de lo que los dirigentes, analistas y medios de comunicación occidentales habían afirmado. De hecho, más allá de la retórica hostil, vemos que los movimientos islamistas en el poder están repensando su actitud y tendiendo puentes a los países occidentales como preludio al establecimiento de nuevas alianzas en la región.

No hay espacio para ser neutral o ambiguo frente a la confrontación y, por lo tanto, el deber de las fuerzas de la resistencia y de los actores que luchan por un cambio democrático en el Mundo Árabe –actores a los que no hay que olvidar– es evolucionar y proteger a Siria y, más ampliamente, a Oriente Medio.
 

Iniciativa Septiembre: Derechos Nacionales Palestinos como punto de partida

Domingo 04 de Septiembre de 2011 13:50 Nassar Ibrahim, Centro de Información Alternativa (AIC)
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El real significado de la iniciativa palestina ante Naciones Unidas en septiembre reside en que ofrece la oportunidad para recordar los axiomas que deberían guiar las decisiones políticas: derechos nacionales y sociales de los palestinos, con todas sus dimensiones. Nasser Ibrahim lo explica.

 
 

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El anuncio del presidente de la Autoridad Palestina (AP), Mahmound Abbas, de que en septiembre la AP requerirá en la Organización de Naciones Unidas (ONU) plena membrecía y reconocimiento de un estado Palestino por la comunidad internacional, eleva controversias políticas y cuestiones legales tanto en la escena palestina como internacional. A medida que las organizaciones políticas y de la sociedad civil palestinas exploran esta cuestión, más complejos se vuelven los interrogantes. Esta complejidad creciente demuestra cómo dicha iniciativa falla en la medida en la que no se desprende de una estrategia política nacional razonable, que es lo que debería guiar el camino hacia la misma. El reclamo del reconocimiento de un estado podría haber sido la culminación de un proceso real y pragmático de reconciliación entre Hamas y Fatah, una restructuración de los movimientos populares palestinos y una reforma de la relación con las pueblos árabes, así como con los movimientos internacionales e israelíes de la sociedad civil anti-sionistas, permitiendo así una nueva posición ante futuras iniciativas de paz. Pero este no fue el caso.


El primer elemento preocupante es que esta decisión emergió abruptamente y no como resultado de un proceso de evaluación del desempeño político palestino desde Oslo hasta la actualidad. En otras palabras, pareciera ser una decisión tomada debido a una crisis, más que un paso intencionado hacia una nueva estrategia nacional. Un análisis del contexto político e histórico, indisociablemente ligado a la lucha nacional palestina y sus objetivos, resulta fundamental para que la iniciativa implique más que una maniobra diplomática bajo el techo de los llamados procesos de paz (es decir, las negociaciones) que fueron un proceso disfuncional desde su comienzo en 1991 con la Conferencia sobre la Paz en Madrid hasta su final en 2011. Este fracaso se remonta al hecho de que el proceso de paz no contó desde su inicio con las condiciones necesarias precondiciones para su éxito, siendo que todas las negociaciones estaban sujetas a las relaciones de poder desiguales entre la alianza Israel-Estados Unidos, respaldada por la Unión Europea y los regímenes árabes, quienes eran interlocutores válidos en esta alianza.


Acercarse a esta opción política y sus diversas dimensiones significa identificar el punto de partida de este proceso, a fin de evitar que el debate caiga en la trampa del uso táctico político. Un hecho que nos permite una vez más remontarnos a la base del conflicto entre la ocupación colonial israelí y sus objetivos, y las aspiraciones de los palestinos por la liberación nacional. Una evaluación -positiva o negativa- debería tener lugar más allá de enfoques estrechos y comenzar a partir de un punto de vista estratégico. Es importante identificar los principios y objetivos de la estrategia de liberación nacional, si los palestinos irán o no a la ONU. La discusión aquí va más allá de las controversias legales y las campañas de relaciones públicas que tienen como objetivo estimular el otro lado. El tema central no es si la moción en la ONU está bien o mal, como cuestión de principio. ¿Esta elección significa un distanciamiento de las estrategias y las referencias de negociaciones previas (los términos dictados por el desequilibrio de poder) y representa un retorno a las resoluciones de la ONU y el derecho internacional como una referencia para cualquier futuro proceso de paz? Esta pregunta y sólo esta pregunta debería ser la referencia para cualquier discusión. Si la respuesta es positiva, la solicitud del reconocimiento del Estado representaría el primer paso hacia una nueva estrategia palestina: La reconstrucción de la lucha nacional palestina sobre la base de los requisitos de la unidad nacional y una reconsideración de la resistencia en todas sus formas, así como la reconstrucción de la Organización de Liberación de Palestina (OLP) como el único representante legítimo del pueblo palestino, basándose en un consenso nacional en torno a los derechos nacionales palestinos (el derecho al retorno, la autodeterminación y el establecimiento de un estado palestino independiente y soberano con Jerusalén como su capital y el desmantelamiento de los asentamientos). En vista de ello, la iniciativa de septiembre formaría parte de una estrategia política nacional y no sería la estrategia misma. Ir a la ONU en septiembre no es ni debe ser el punto final, ya que la realidad sobre el terreno no va a cambiar mucho como resultado de este primer paso.


La experiencia de la lucha palestina durante las últimas décadas demuestra que la garantía de una cierta armonía entre las exigencias de los derechos nacionales palestinos, por un lado, y las dinámicas políticas, sociales y culturales por el otro, ha sido el único elemento capaz de mantener la lucha palestina en su marco estratégico. En todo momento histórico estos principios han sido violados por razones tácticas y el precio que han pagado los palestinos con respecto a sus derechos ha sido muy elevdo. Esta es la lección que debemos aprender de la amarga cosecha de los Acuerdos de Oslo, y la razón se remonta al hecho de que el proceso de paz no ha respetado las bases y los objetivos de esta etapa de liberación nacional. Para cumplir con el acuerdo, se convirtió en la meta y no en un medio para respetar los derechos nacionales palestinos. Algunos incluso han sugerido que el mero comienzo de las negociaciones y el establecimiento de la AP significan que el pueblo palestino ha superado esta etapa, con todas sus necesidades nacionales, políticas y organizativas.


En lugar de aferrarse de la iniciativa de septiembre, debe promoverse un debate interno dentro de la sociedad palestina, con el objetivo de revisar la actitud política del liderazgo de las dos últimas décadas. El punto de partida es una reestructuración del equilibrio de poder interno entre los actores políticos y sociales -los movimientos sociales, los partidos de izquierda y la multitud con sus interconexiones internacionales interesada en continuar la lucha por la liberación.


En cualquier caso, el liderazgo palestino ha de recordar que el fracaso de todas las "iniciativas de paz" se explica por el simple hecho de que se trató de pasar por encima de los fundamentos de los derechos nacionales y la unidad del pueblo palestino, con el objetivo de construir una paz bajo los criterios de la ocupación israelí. Las concesiones otorgadas por los dirigentes palestinos han sacudido profundamente las bases de esos derechos y por lo tanto destruido toda legitimidad potencial del proceso de paz, que se ha convertido, a los ojos de la mayoría de los palestinos, en la decisión de una pequeña elite política que se contradice con los derechos y los intereses de la mayoría, mientras que la contraparte de las negociaciones (Israel) se aferra a sus políticas coloniales, incluidos los asentamientos en tierras palestinas.


El argumento antes mencionado no es un conflicto artificial, pero es, en esencia, un retorno a los activos que se perdieron en las astutas políticas que aún continúan adaptándose a los requisitos para poner fin al conflicto, a veces un resultado del realismo y en otras ocasiones, una balanza de poder. Cualquier acción política exitosa debe basarse en los factores determinantes y los requisitos de la etapa de liberación nacional y sus objetivos y estrategias, de la que su legitimidad y la moralidad se derivan. El compromiso y la adhesión a los derechos nacionales palestinos y su justa lucha por la libertad, la independencia y la autodeterminación sobre la base del derecho internacional y las resoluciones de la ONU. Este es el factor determinante de cualquier decisión palestina.


A la luz de este hecho y de las experiencias prácticas previamente mencionadas, el reto más importante para las élites políticas, sociales y culturales respecto a la iniciativa de septiembre radica en su capacidad para navegar por el laberinto de las últimas dos décadas con el objetivo de desarrollar y mejorar la política, el desempeño social, económico y cultural para satisfacer las necesidades de la liberación nacional palestina y poner fin a la ocupación, y no considerarlo simplemente como un debate jurídico y diplomático.


Para verificar esta ecuación, el significado de septiembre depende de dos condiciones principales. Primero: La restauración de la estrategia nacional palestina, en conformidad con las prioridades nacionales en todos los niveles, empezando por el hecho de que el pueblo palestino sigue viviendo en la etapa de liberación nacional, incluida la interacción entre las diferentes formas de resistencia y de unidad nacional como un requisito previo. En este contexto, la tarea es en primer lugar evaluar el desempeño político después de Oslo, reconociendo los desequilibrios y retrocediendo a las apuestas incorrectas con el fin de recuperar la iniciativa de acuerdo con el interés nacional palestino. Mucho antes de que la iniciativa de septiembre se encontrara en el horizonte, el poeta palestino Mahmoud Darwish nos advirtió de las consecuencias dramáticas del proceso de Oslo, escribiendo que "(Israel) entendía la aplicación de la paz falsa para lograr lo que no podía a través de la guerra: la hegemonía regional y tratar con el pueblo palestino bajo asedio como una entidad aislada ... Mientras tanto los palestinos agotaron toda su flexibilidad para pagar finalmente un precio más alto para una mediación dirigida no más que para el reconocimiento del derecho a establecer un estado independiente en el 20% de la tierra de nuestra patria histórica merecida, e Israel en el otro lado se niega a retirar hasta 1 metro de espacio donde su leyenda debe realizarse, y todavía ve nuestra existencia histórica en nuestro país como una ocupación extranjera en "la patria eterna judía", para liberarse de nosotros y de nuestra historia" (periódico Al-Dustour, Jordania, 2002).


Segundo: Cumplir con el requisito de la reconstrucción de los cuerpos políticos palestinos (la OLP y la AP), de acuerdo con la mencionada nueva estrategia. El primer objetivo de esta reorganización institucional es determinar límites claros entre las tareas de "la revolución y la Autoridad (Palestina)", especialmente en vistas de las terribles consecuencias políticas y culturales del proceso de mezcla entre ellos. Fue precisamente este error intencional que empujó a los dos grandes movimientos políticos de la historia contemporánea de Palestina (Fatah y Hamas) a su actual crisis, arrojando primero el movimiento Fatah y luego Hamas para que ambos sirvan a la AP y no a la estrategia de liberación. Esto llevó a un cambio fundamental en la estructura de los dos movimientos, de tal manera que la AP vinculó con éxito sus roles a las fronteras de la AP sobre la base de los Acuerdos de Oslo, al tiempo que debían mantener su papel como agentes para controlar y guiar el desempeño para servir a la estrategia de liberación política, sin negar, por supuesto, el papel de la AP a nivel civil y social, con el fin de satisfacer las necesidades sociales del pueblo palestino y promover la práctica de la democracia en la sociedad palestina.


Así, la contradicción entre la lucha nacional y la AP emergió y rápidamente se salió de control. Si las fuerzas políticas han mantenido una distancia segura de la AP, el conflicto no ha llegado al punto en que amenaza la unidad del pueblo palestino y sus aspiraciones de libertad e independencia. La incapacidad de la élite política palestina para hacer frente a esta ecuación condujo a la división de la sociedad palestina y la crisis política que los palestinos están tratando de resolver en vano por fuera del contexto de Palestina está contribuyendo en convertir a la realidad palestina permeable de interferencias exteriores.


Fuera de esto, una base democrática para la acción política y social debe ser establecida para garantizar la participación de todas las fuerzas políticas y sociales de acuerdo a su rol en la realidad palestina. Mantener el equilibrio entre los objetivos de liberación nacional, por un lado, y las tareas sociales y de desarrollo por el otro -de modo que ésta puede estar en armonía con la primera sin ser un obstáculo- rescataría a los palestinos de la trampa de la ayuda extranjera, que se ha convertido en un medio de presión y chantaje político. Debe considerarse en este marco el significado de los cambios en el mundo árabe (la revolución árabe), que debe ser vista como una nueva oportunidad para promover la lucha de liberación palestina.


Este potencial proceso de reestructuración interna, regional y estratégica es lo que el Estado de Israel teme: de perder los logros que obtuvo a través del proceso de Oslo y enfrentar contradicciones crecientes internas que amenazan la cohesión de la sociedad israelí. Esto es así sobre todo si la iniciativa de septiembre significa un retorno a la referencia del derecho internacional y una oportunidad para que los movimientos políticos palestinos se reorganicen sin fracasar y se empiece a avanzar de nuevo sobre la base del derecho internacional. En segundo lugar, si el malestar social y económico creciente en Israel, que está directamente relacionado con los costos de la ocupación y la militarización, vuelve a insistir en la importancia de la lucha conjunta popular de los palestinos y los israelíes como un principio rector en contra de las políticas de exclusión, racismo y empobrecimiento que la propia sociedad israelí está sufriendo.


En conclusión, el significado de la iniciativa de septiembre no radica en lo que vaya a suceder, ya que cualquier resultado del proceso de la ONU en todo caso será determinado por las relaciones de poder existentes. El valor final de esta decisión debe ser visto como el hecho de que proporciona una oportunidad para todos (en el mejor de los casos) de recuperar algo de equilibrio a través de un retorno a los axiomas que deben guiar las decisiones políticas palestinas, el punto de origen de cualquier decisión política: derechos nacionales y sociales de los palestinos, con todas sus dimensiones.


 


Traducido por Luz Welles para el Centro de Información Alternativa (AIC), Jerusalén.

 

 


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